Las obsesiones de Néstor Martí
Hay días en que el tiempo acude manso /y al lado de la luz duerme tranquilo./
Entonces yo jamás lo despabilo/ y escúrrome y acecho su descanso.
El alma y el tiempo. Eliseo Diego
Siempre se ha resaltado de la fotografía su capacidad para hacer trascender el instante, y también para evocar las múltiples maneras de percibir un tiempo y una realidad con veracidad. Aún, y especialmente, cuando la intensión de la imagen captada trasciende el contexto del entorno inmediato para enfatizar en sugerencias conceptuales de amplias repercusiones.
Al ojo acusado del fotógrafo se le atribuye tal virtud, y tal es el caso de Néstor Martí Delgado, quien, por más de dos décadas, desde que egresó de la facultad de Artes y Letras, en la especificidad de Historia del Arte, se ha desempeñado como fotógrafo de la Oficina del Historiador de la Ciudad.
A su quehacer como fotorreportero se le debe el testimonio de la mayoría de las actividades realizadas en la institución encargada del rescate y gestión del patrimonio cultural del centro histórico habanero. Este recorre desde las visitas oficiales de altas personalidades de Cuba y el mundo, actos conmemorativos, conferencias y grandes eventos, pasando por presentaciones de espectáculos artísticos, exposiciones de artes visuales o el despliegue de múltiples manifestaciones del arte en el espacio público, hasta documentar una multitud que, guiada por especialistas de la gesta restauradora, devela los intríngulis de calles, plazas y edificaciones de la ciudad. Cada instantánea atestigua una acción, pero en composiciones inteligentes en las que, con mirada aguda refuerza lo que quiere subrayar en cada escena, pero incluye ciertas sutilezas que trascienden la mera imagen documental.
Son muy reconocidas también sus imágenes de La Habana. Su Habana es la Habana excelsa, la seductora, la grandilocuente, la de plasticidad ilimitada; La Habana icónica, de monumentos, de sitios patrios, de escaleras desafiantes, de detalles sorprendentes y puertas abigarradas que los ángulos de Néstor redimensionan. En términos pictóricos se antojan imágenes académicas, y en el caso de algunos detalles de edificios emblemáticos, estas alcanzan un nivel de abstracción formal colindante con el neoplasticimo. Su trabajo nos remite a esta ciudad versátil en estilos arquitectónicos e influencias artísticas; monumental en su escala contenida y elocuente en su apariencia –aunque mucho más en las dinámicas que contiene-. “La luz de La Habana es única y definitoria, por momentos noble, tierna y sutil; por veces intensa, irreverente, agresiva”, advierte el artista, quien con inmensa paciencia la observa hasta encontrar el momento justo, la luz precisa, la atmósfera deseada, la nitidez casi dibujada.
En este ejercicio Néstor también ha sido seducido por un sugerente elemento que ha incluido en varias de sus series temáticas: la sombra. La sombra sugiere una presencia, pero cierto hálito de ilusión la connota: suele ser percibida, por lo general, muy fugazmente, como si ella, tan inmaterial y cambiante, no acompañara a la materia cuando hay luz. Encontrar o recrear estas siluetas, constituye para Néstor un verdadero derroche del dominio del lenguaje de la fotografía: por lo atrevido de los enfoques, las analogías formales entre los elementos del entorno y las composiciones provocativas donde la realidad se plasma en con seductora plasticidad que subvierte el orden racional del referente.
Pero hay otra parte de su trabajo más experimental, en cuanto a procedimientos técnicos, y muy filosófico desde el punto de vista conceptual. En ellos la abstracción alcanza otros niveles, y por lo general, para este quehacer, prefiere el blanco y negro. En estos casos se concentra en pocos recursos y acude a la reiteración de iconos que sintetizan la preocupación de cada trabajo temático. Así lo hizo en 2004 en su instalación In – out, (durante la VIII Bienal de La Habana) en la que el control remoto se reiteraba como símbolo de la dialéctica de la posesión entre el hombre y la tecnología. Ahora, en tiempos donde hay poco tiempo, o pasa de prisa, o este ente tan indefinido parece que nos somete, a Néstor se le antoja graficarlo en su más reciente serie: Mi nombre es tiempo.
El experimento comienza por las transformaciones del agua. Cada forma arbitraria sugiere reflexiones temporales como: A causa del tiempo, Ha llegado el tiempo, Todo el tiempo y todo el ser. Cual suerte de mantra, estos textos se insertan en el espiral de cada imagen, provocando el consabido efecto psicológico y hasta espiritual de asociación, que, por lo profuso de la imagen, lejos de tranquilizar, inquietan, activan el pensamiento, incitan al enfoque. El juego temporal también lo establece desde la memoria personal. Los textos han sido encriptados en las imágenes con la utilización de una antigua máquina para etiquetar sobre y documentos en los ochenta. Así, la doble exposición fotográfica, se combina con este proceder tecnológicamente más arcaico, y el proceso de creación adquiere un carácter más artesanal en plena era digital. Y el tiempo lo lleva por diversas estancias de la realidad, esas que también encuentra a su paso y lo inspiran a perpetuar y reflexionar sobre lo relativo.
Su obra hedonista, cultivada con absoluto dominio técnico, tanto desde la fotografía a color, como en blanco y negro, no sólo recorre espacios y categorías existenciales de la realidad, sino que nos propone su propia meta-realidad. Man Ray creyó en la fotografía como producto visual que contiene más que lo que deja ver, y la obra de Néstor Martí, en cualquiera de sus géneros, así lo confirma.
Pudiéramos decir que en su fotografía lo obsesionan la luz, la nitidez, lo patrimonial, lo icónico… y en esta vocación, acusado y paciente, pero ágil y con alma, Néstor se escurre para con su cámara, acechar al tiempo cuando este descansa junto a la luz.
Onedys Calvo
La Habana, 2020