Texto Caja China 1

El ejercicio de lo formal en una Caja china (o chica)

Por Onedys Calvo y Yenny Hernández

Según se explica en la literatura, caja china es una técnica narrativa en la que se refieren diferentes historias, una dentro de otra, cada vez más cortas, hasta cerrarse, o hasta que la estructura regresa, de manera cíclica, al punto de origen.  

Un referente objetual en la memoria cubana lo son las Matrioskas, esas muñecas de pequeño formato, típicas de Rusia, que se desarman y dentro de cada una aparece otra más pequeña que la anterior y con un diseño nuevo.  

Caja china también es un instrumento musical de percusión. Se trata de una pequeña caja de madera, hueca en su interior y con una ranura a manera de barra rectangular, que se percute por baquetas con puntas de goma para producir sonidos huecos y resonantes. Proveniente de China, este instrumento fue importado hacia Europa para integrar las orquestas de jazz.

En estas significaciones de resonancia y concatenaciones se ancla el pretexto curatorial de la exposición que con ese título se inauguró el pasado 9 de diciembre de 2016 en la galería habanera La Acacia. El statement de la muestra sentencia: Caja china sucede a partir de la estructura de una “historia-madre” que introduce una secuencia de “historias-hijas”: dentro de una caja hay otra caja, y dentro de ésta otra más… La caja china no es un simple ejercicio para insertar un relato en otro. Es más que eso: crear historias bajo el dopaje del extrañamiento y la seducción.

Y efectivamente estos dos últimos calificativos definen certeramente buena parte del arte que se produce hoy en la Isla, y que la curaduría ha resumido desde un ejercicio oficioso que incluye diferentes generaciones, cada uno con sus poéticas adaptadas a los nuevos tiempos. Entre la nómina se cuenta a José Manuel Fors, Premio Nacional de Artes Plásticas 2016 y representante de los míticos ochenta en Cuba. Su obra siempre se ha caracterizado por el ejercicio de la memoria y la reconstrucción de la historia personal y/o colectiva a través de fragmentos. Con vocación particular por los procesos históricos, las propuestas de Meira & Toirac se han edificado desde el rigor investigativo y un sentido crítico de la sociedad, la nación y la identidad del presente como consecuencia del pasado. Toda la gloria del mundo, representado en un grano de maíz de oro, es una metáfora reflexiva, semiótica y matizada con aires de ironía sobre las contradicciones colectivas de la sociedad toda y los influjos de poder, como paratexto del pensamiento martiano. Por el mismo camino se enrumba La santa biblia. Edición de bolsillo, de Glenda León, confeccionada con billetes de 1 dólar. 

Otra arista que es denominador común de la producción artística actual, es la visible vocación por técnicas específicas del grabado, la pintura, el dibujo; así como de procedimientos muy cercanos a lo artesanal aun cuando se recurran a materiales más contemporáneos y a recursos tecnológicos. Linet Sánchez con su obra Sin título modula una obra fotográfica a partir de una realidad construida, principalmente maquetas de interiores que confecciona a priori, no para documentarlas, sino para ofrecer una realidad subjetiva: espacios introspectivos dominados por el blanco o el vacío.  En contraposición la obra de Ariadna Contino, Cuando la fe se hace inmensa, se refiere a los contenidos de la religión desde la articulación del icono de la cruz en sus exquisitos calados en papel blanco.  Frank Mujica, con un acento muy personal, estudia un paisaje pictórico en diferentes momentos de la tormenta. 

Mas no es solo el gusto de algunos artistas por retomar el oficio técnico. También conforman esta sucesión de relatos propuestas como Knockout (es justo aquí donde la nieve de Filadelfia puede oler a muerte sublime) de los jóvenes jorge & larry, en la que se establece un diálogo con íconos culturales haciendo recordar la estética del arte pop y lo kitsh con ciertos matices de morbosidad e ironía; o la serie Buen Viaje, de Lizandra Ramírez, quien retoma la intención ochentiana de reevaluar la historia del objeto familiar y cotidiano, testigo callado de nuestra experiencia personal. 

Los nombres que conforman la nómina de la exposición han sido recurrentes en proyectos curatoriales en los años recientes. Los más jóvenes tiene ya en su currículo varias muestras personales, y sus Estudios, espacios de tanto protagonismo en la vida artística nacional, se han insertado con fortuna en el circuito de los recorridos de arte.

Así, Caja China se presenta diversa y resonante en cuanto a multiplicidad de contenidos que hilvanan una correlación de discursos, no solo concatenados como historias unas dentro de otras, sino como una reverberación de varios conceptos que se articulan desde diferentes puntos de vistas en el ámbito contemporáneo.  Además, la curaduría exhibe piezas de un excelente cuidado en su factura, que utilizan recursos estéticos efectistas y articulan narrativas de relativo fácil acceso. 

Por el pequeño y mediano formato predominantes en las salas de La Acacia, la muestra también pudiera denominarse “caja chica”: un grano de maíz de oro en una urna, un machete con incrustaciones, o un libro de bolsillo, resultan algunos de los objetos expuestos cuyas dimensiones reducidas e intención dialógica, les otorgan la dualidad de caja china / caja chica: una historia dentro de otra, un concepto en secuencia dentro del objeto. Pero caja chica también es perceptible en el sentido de las conceptualizaciones que de las piezas se derivan. Algunos de los discursos se cierran hacia interpretaciones cómodas y caminos obvios; otros son de corte más abstracto y formal; y los menos, de mayor complejidad conceptual; aunque, por el título –y conociendo a priori lo que se comprende por este término– se deduce un propósito que requiere de la exégesis del receptor para su entendimiento. Su puesta museográfica es de una cuidada limpieza y engatusa por su atractivo; al punto de resultar más seductora en lo retiniano o en lo sensitivo que en lo conceptual. 

Este modus operandi se ha hecho sintomático en muchos de los espacios expositivos de la ciudad, fundamentalmente los de corte comercial, y funciona como especie de fórmula de la que se han apropiado sobre todo los jóvenes especialistas que se han incorporado al gremio del arte. Con esta práctica, casi indiscriminada, se señala la vigencia del comentario de Rufo Caballero cuando definió la realidad creativa que acontecía en los noventa: En épocas como esta, el poder parece entender lo que siempre ha querido confesarle el arte en las antípodas de la apología: que la crítica no solo oxigena sino también reproduce.

La exposición subraya la vocación del arte cubano por ser narrativo, y concatena los intereses de la producción nacional por maneras de decir, y por historias que reiterar o a las que retornar desde la sensibilidad de este momento. Son estas piezas conectadas con cuestiones existenciales que se inscriben en una dimensión global, filosófica, cosmogónica, desmarcadas del trauma insular y a veces tan semióticas que arriban a un mero ejercicio formal. Eso sí, convocadas por la curaduría con toda astucia e intención para coquetear, desde el extrañamiento y la seducción, con los resortes que hacen funcionar el arte de hoy. 

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