Las historias quebradas de Lucía za

Las historias contenidas de Lucía Zalbidea

 

… Lucía ubica sus historias a través de un estilo “artesanal”: un extraño desamparo terrenal que es tocado por un raigal sentido de pertenencia.

Yamilé Tabío. 2017

 

En su obra hay contención; aunque la pretensión del diseño y la composición aparenten armonía y delicadeza. En ellas se articula una trama, básicamente autobiográfica, pero conectada con una historia colectiva, en la que lo implícito se presenta como provocación esencial.

En esta suerte de narraciones son varios los recursos que articula Lucía Zalbidea. Los iconos con los que se identifica marcan la pauta del discurso; muchos suelen ser objetos preexistentes, objects troubés o especies de ready mades con una historia precedente, que la artista interpreta y recoloca en un nuevo sentido.

 Sus técnicas suelen ser mixtas y los procedimientos de hechura se hacen protagonistas porque a través de ellos se completan las connotaciones en la obra.  En este particular precisa de un vasto saber sobre los materiales, su tratamiento y preservación, know how que obtuvo en sus estudios de restauración, los cuales pudo enriquecer mientras se dedicó a esta profesión; otros efectos y soluciones aparecen en ese margen siempre cautivador que otorgan el experimento, el desafío y el tiempo, porque su factura es muy cuidada. Gusta mucho del frotage, del collage, y del énfasis del grafito; tejer, bordar, incrustar…, pertenecen a un legado en el cual la artista se reconoce tanto por la tradición familiar, como por sus experiencias en Londres, donde vivió el intenso movimiento vinculado a los textiles y a la moda, expresiones que desde las llamadas bellas artes, a veces se miran con recelo, o se estigmatizan por asociarse a un arte de género.

Lucía no piensa en eso. Es apasionada de las texturas y las formas: manipularlas, transformarlas con sus manos, así como el fuego lo hace con el barro, es lo que constituye para ella su lápiz y su pincel. En todas sus piezas, sintéticas, sin muchos adornos, y sin grandes pretensiones, late su espíritu pujante de emprendedora, de fortaleza y de reafirmación, que sensible encuentra y evoca en cada detalle algo sublime. Ahí radica uno de los puntos de seducción en su propuesta.

Otro se coloca en su apuesta por un lenguaje trasnacional, sin códigos rebuscados, aunque los elementos convocados puedan ser extraños o herméticos. Su lectura no precisa de demasiadas explicaciones previas ni predisposiciones cognitivas, porque en varias dimensiones es semiótica, y sugerente; resultante de las prácticas multiculturales que la artista ha compartido gracias a los diferentes escenarios en los que ha convivido: 

Una serie donde la reformulación de experiencias y de iconos cosmogónicos se hacen más evidente es en REBIRTH. En ella la artista exorciza su vivencia como europea que decide instalarse en La Habana; compartir otro ambiente, otro clima, otros códigos, por veces ajenos, pero con los que sin duda establece una imprescindible relación. De ahí que la bandera cubana, el yute como material socorrido, la imagen de la isla -que tan significativa ha sido para la iconografía nacional- y otros ítems recurrentes, en su trabajo emerjan con cierta innocuidad, en apariencia sin traumas, sin dolor…. Y ahí se presenta esa sensación de extrañamiento ante la tensión no declarada: padecer y apropiarse de, otra sociedad. Ya sabemos, Cuba es un país occidental, conectado por siglos con el viejo continente, deudor de él, pero es muy diferente: lo son los hábitos de consumo, la religiosidad y la actitud anárquica e irreverente; llena de arcaísmos, extremismos, contrastes, afectos y emergencias.  Para quien llega hay acogida, pero también resentimientos y resistencia; para quien ha formado una familia multinacional, el imperativo trasciende por mucho aquello de “a donde fueres has lo que vieres”. Significa confrontar, recolocar, adaptación, imposición y perseverancia en un nuevo hacer: un renacer en ese proceso continuo que es la vida y que en momentos hace giros muy notorios. 

El emplazamiento de prendas íntimas y de objetos del entorno natural y cultural cubanos, o de procederes como el del esquema de vacunación o la implicación de un trenzado, es una apuesta tanto a la persistencia de la memoria como al reconocimiento, que deviene recurso de resistencia. El espacio de lo cotidiano y la intimidad, le permiten a Lucía expresar la nostalgia, pero también la voluntad de renovación esperada y necesaria tanto en el ámbito personal como del contexto del que participa: la Isla.

En su trabajo, como el de muchas mujeres artistas que se remiten a sus circunstancias personales, a aquello que las refiere o les pertenece, hay cierto morbo que funde lo público con lo privado, el compromiso con la libertad, el pudor con la necesidad de trasgresión, la estética con la redención. Y en ese otro estado de contención se incrementa el peligro de lo sutil. 

Quiso el azar que en un paseo costero un fragmento de cerámica encontrado en la playa le señalara la forma hermosa de una amapola cerrada, una especie que florece en los bordes del camino, con gran variedad de formas y colores, la cual ejerció sobre ella una total seducción. Y mayor fue su sorpresa cuando en noviembre, en las calles de Londres, presenció cómo usar una amapola en la ropa era señal de tributo y paz por el día del armisticio de la Primera Guerra Mundial.

Desde entonces las poppies se han convertido en un icono reconocible de su quehacer, en un sello de su identidad creativa. La abstracción de su forma y sus consecutivas transiciones, se han esparcido con vehemencia en el gusto de la ciudad en la que habita, con prometedoras proyecciones de recorrer otras latitudes. Para ellas, Lucía ha apostado por materiales contemporáneos como el acrílico, y por un lenguaje Pop, tanto por los colores planos y llamativos, como por la estrategia de su reiteración.  Ellas se han emplazado en mediano y gran formato en ambiciosas instalaciones que subvierten su entorno, porque al margen de su historia no revelada, nos vuelve a colocar frente a la alegría y a la belleza, recordando el pacto pendiente de la humanidad con la naturaleza y evocando una reivindicación necesaria.

Este mensaje implícito también se disemina con fluidez en las más diversas posibilidades de la bisutería. Así, su poppy se mueve del escenario artístico al cotidiano sin renunciar a las connotaciones que ha adquirido y haciendo gala de sus cualidades primigenias: la potencia y la delicadeza. Y en este proceder también late un intenso impulso artístico. 

A Lucía la atrae lo matérico y el carácter envolvente y procesual de la instalación; pero también lo filosófico, lo mitológico y lo ancestral, donde lo simbólico tributa a la predisposición de nociones sugestivas e inquietantes en el espectador. Así, fragmentos de diversas cosmogonías; animales que según el feng shui representan el deseo, la abundancia y la prosperidad, la ira o la ignorancia; el 5 como número del equilibrio; o la amapola con su evocación de paz, se ofrecen como prolíferos temas de reflexión y recodificación haciéndonos cómplices inconscientes de sus relatos confesos o no.

Onedys Calvo Noya

La Habana 2019

 

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