Con el tono del barrio, de la sabia popular: a propósito de La Habana de Julio César Peña.
Por Onedys Calvo
Radiografiar la sociedad ha sido una de las virtudes temáticas del grabado en su larga data. Su impronta narrativa, su cualidad de reproducción de la imagen y la exquisitez de sus procedimientos técnicos, con los cuales se alcanzan efectos formales y visuales únicos, han sido determinantes en esta distinción. No hay dudas de su trascendencia como manifestación que ha legado el mejor testimonio documental de nuestros espacios coloniales, fundamentalmente a escala urbana, y de la manera en que la industria tabacalera la utilizó en la manipulación de un estereotipo de criollismo y de nación.
Desde esta perspectiva, la obra gráfica de Julio César Peña Peralta (Holguín, 1969) se antoja singular en el entramado del arte cubano contemporáneo y, a la vez, anclada en una tradición. Sincero y desenfadado, dicharachero y rumbero, tabaco en mano, Julio sigue siendo, ya casi en sus 50, un muchacho de pueblo, del barrio de Belén en La Habana Vieja, acaso uno de los protagonistas de su propia obra, en la cual bebe y traduce lo popular. Aunque en su acción coquetea con folclorismos, estos son trascendidos por un mosaico de escenas en las que Peña representa sin pretensión cómo se baila, cómo se espera, cómo se ama, cómo se cree, se disfruta, se convive y se sobrevive en lo más común de barrios populosos, en la Cuba profunda, en la Cuba de a pie. En sus trabajos hay juegos de dominó, escenas en un interior ecléctico de un solar, tejedoras de trenzas, un toque de tambor o escenas en el malecón. Están los chicos del taller (el del Callejón del Chorro), Marilyn Monroe, interpretaciones de escenas de la Divina Comedia de Dante (en su serie abierta Apropiaciones indebidas), y hasta su propia versión del Kama Sutra (en Esquelesutra); toda una confluencia versátil de influjos que también inspiran y definen lo cubano.
Cinco veces intentó Peña ingresar en la escuela de San Alejandro, y cinco veces fracasó. Sin embargo, lo siguió intentando, y a través del taller comunitario Carmelo González, en la casa de cultura de la Habana Vieja, Julián del Casal, se mantuvo cerca de la creación – y especialmente al grabado- gracias a las enseñanzas de Antonio Canet. Cuando le mostró al maestro sus primeras calaveras, este consideró que había un camino por donde podía andar y lo remitió a la obra de Guadalupe Posada, la cual nuestro autodidacta no conocía. Pero para Peña sus calaveras no devienen, como para el mexicano, símbolo de una cultura ancestral, sino metáfora de la esencia del ser humano; parodia de su circunstancia, especialmente en la Cuba en crisis de los noventa. También estudio anatómico y representación fotográfica más allá de la carne y de la apariencia, al margen de la vida o la muerte; y finalmente, la personificación de los esqueletos se ha legitimado como iconografía que lo identifica y que le funciona en adopción del carnavalismo como estrategia artística, derivada de esa capacidad de subvertir, desacralizar, parodiar y satirizar, hacer catarsis desde la sonrisa, del sentido del humor, como modo de resistencia (y supervivencia) desarrollado por los cubanos. Así pudiera resumirse su modus operandi desde el punto de vista conceptual.
Sus primeros reconocimientos, a finales de los noventa, los consiguió con el díptico Coge tu anchar aquí, el cual conquistó el Premio Joven Estampa (1999) de Casa de las Américas, y Mención de la Bienal del grabado Latinoamericano, San Juan Puerto Rico, 2001. Ese mismo año se levantó como el único cubano en obtener el Gran Premio en la Trienal de Kanagawa, Japón, con la pieza Rumberos del momento.
Así rápidamente su obra se hizo visible en muestras colectivas y en múltiples proyectos dentro y fuera de Cuba, aunque no constituyera ya la nómina de los grabadores que apenas un lustro antes habían reivindicado el grabado (Belkis Ayón, Sandra Ramos, Abel Barroso e Ibrahím Miranda). Su permanencia en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana, la producción ahí de su obra, la gestación de proyectos y el intercambio constante con artistas y grabadores de todas partes del mundo, lo han identificado como uno de los indiscutibles representantes de este espacio colectivo de creación.
Sin embargo, su trabajo es el resultado de la intuición y de la más genuina vocación por un oficio: el de grabar. Por veces este hacer se antoja demodé en la contemporaneidad, porque requiere de paciencia y habilidad artesanal, del oficio del escultor, del dibujante y hasta del alquimista; porque parece antiguo en tiempos de inmediatez y de experimentación e integración de nuevos medios; y también porque el mercado se complejiza, usualmente porque es el papel su soporte y porque no siempre es bien valorada su condición de original múltiple. Entonces el artista debe trascender todo esquema de percepción desde una solidez técnica y conceptual que venza toda prueba de valor a una expresión que muchos, aunque consideran seductora, aprecian como manifestación alternativa.
Aunque con ánimo inquieto constantemente experimenta, Peña es un grabador por excelencia. Ha incursionado en la fotografía, en instalaciones, ilustraciones, libros arte…, incluso dibuja y pinta con cierta regularidad, pero no hay dudas que lo soberbio de su hacer está en el grabado, y especialmente a las técnicas derivadas de la xilografía: con gran destreza su gubia consigue los efectos visuales más diversos, juegos de planos, luces y sombras, escenas impresionistas, y por lo general barrocas, como no lo puede hacer de otra forma quien representa un contexto siempre abigarrado, siempre ecléctico en actitudes y en formas. De ese modo su obra traduce el ritmo de una Habana intensa, contrastante, que impacta y seduce, atrapada en espacios y tiempos diversos, representada en personajes callejeros, trascendente en lo trivial, dialógica en lo estereotipado, elocuente en el dicharachero popular, dramática a la vez que alegre, cantora mientras llora, excelsa y pueblerina; donde mejor se ilustra lo complejo y seductor de la más sublime o simple paradoja.